Archivo del Autor: Ismael Muñoz Garcia

LAS MUJERES DE NUESTRAS VIDAS

Pasaroniegas, mujeres conocidas en nuestro entorno pero no suficientemente reconocidas ni valoradas. Relegadas a un segundo plano, ocultadas y censuradas por el patriarcado, sus rostros nos obligan a enfocar tiempo y espacios, dentro y fuera de casa. Días y noches interminables, años de cuidados y crianzas destinados a la familia, jornadas de duro trabajo en el campo o de realización de tareas invisibles pero imprescindibles.

Soportaron tiempos difíciles, sin derechos, sin libertades, sin independencia económica, sin capacidad para tomar decisiones; atrapadas en silencios, alzan hoy justamente su voz para ser recordadas y respetadas.

ENCIERROS DE ANTAÑO EN PASARÓN DE LA VERA

El origen a los encierros fue el traslado de los toros desde el campo hasta la plaza. Nace, por tanto, de la necesidad de llevar a los animales desde el campo hasta la plaza. Según me comentaba mi abuela Margarita, torera donde las hubiera y primera mujer que pidió la Plaza en Pasarón acompañando a su padre, Braulio, el encierro se hacía a primera hora de la mañana. El toro se guardaba en la Cárcel que estaba ubicada en la planta baja del Ayuntamiento y las vacas se guardaban en la calle que baja desde la Plaza a la Calle Larga (Real), en el desancho de la puerta de Félix “Mono”.

Aunque no siempre fue así. Como ya he referido hace tiempo la primera noticia sobre los toros en Pasarón aparece en la Ordenanzas de 1565 y dice así “Toro Yten q el carniçero q fuere en esta villa  sea obligado de dar el alegria de un toro el dia de señor  San Salvador q es la vocacion de esta villa  de su Iglesia y a de ser bueno de quatro años arriba, cojudo, el ql a de dar ençerrado en el toril en puniendosse el sol la vispera de San Salvador o una hora despues ( ….) y ql Conçejo sea obligado a  comer el dicho toro (…).

PLAZA DE LA IGLESIA DE PASARON DE LA VERA 1973

Siguiendo el viaje que realizaron los arquitectos Rafael Chanes y Ximena Vicente por Pasarón en el año 1973 hoy nos paramos en la Plaza de la Iglesia y que ellos vieron así:

“Es el primer espacio urbano que nos recibe en el pueblo al penetrarlo por la empinada cuesta de la Avda. de José Antonio, cuando llegamos a él desde la carretera de Tejeda. Muchos son los coches que se detienen en la plazoleta-vestíbulo que forma esta avenida de José Antonio, al ensancharse antes de doblar hacia la derecha para adentrarse en la Plaza de la Iglesia; su excesiva pendiente equivoca a los conductores y les obliga a cambiar a una marcha más poderosa.

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Al entrar a la Plaza, la pendiente desemboca en una explanada junto al portal lateral de la Iglesia, y se siente entonces una experiencia aliviadora, de descanso.

El recinto es un espacio alargado, dividido en dos niveles, con una diferencia de unos dos metros entre ambos, pero el pavimento los une a través de una rampa, lo que hace que su unidad no se desarticule. Aparece la masa de piedra del edificio religioso como una gran  muralla que la cierra por el costado sur y el resto de los paramentos del recinto está constituido por viviendas de tres plantas en el plano más bajo ( el de la Iglesia), y de dos planta más una planta de menor altura, “sobrado”, en el plano más alto. Todas las casas alcanzan la misma altura en el contorno de la plaza, a pesar de la diferencia de niveles, lo que logran gracias a la menor altura sobre la rasante de las viviendas del lado norte; así, los aleros forman una línea que apenas queda más baja que el volumen de la iglesia, con lo que se consigue una gran horizontalidad y tranquilidad visual en el entorno. Aparece, como dominante, la famosa torre de Pasarón, que data del siglo XIII.

La iglesia es una pared desnuda, de color ocre oscuro que se independiza notoriamente del resto de la arquitectura,  compuesta por edificios blancos, cúbicos, muy lisos, con la característica pesantez de las viviendas populares extremeñas reforzados por elementos tales como las aristas enmarcadas por piedras sin encalar formando un endentado, por los portales de dinteles y jambas de piedra y por los balcones de delicada apariencia, hechos de hierro y que se diría que desaparecen ante la fuerza volumétrica del total del edificio. Al costado oriente aparecen tres casas de tres plantas: la más próxima a la iglesia es la dominante a causa de su colorido y sus cinco balcones, tres de los cuales se asoman desde tres ventanas con arcos, en la tercera planta. Las otras dos poseen solana en la tercera planta, a pesar de los frágiles “balcones extremeños” que poseen en su planta segunda, quedan mejor incluidas dentro de la tipología de la casa de La Vera.

El suelo lo constituye una superficie pavimentada que deja asomar aisladamente algunas piedras del antiguo empedrado ( en un afán algo desesperado por conservar el “tipismo”), y que se desdobla en planos inclinados para adaptarse a la movida topografía del lugar donde se emplaza Pasarón de la Vera.

Fuera del portal adosado al muro alto de la iglesia y de un banco de piedra que es a continuación de este mismo, no hay otros elementos espaciales o de uso que inviten a actividades específicas; sólo existe una tienda de ultramarinos. La vida aquí se produce a la salida de la misa los domingos o en las fiestas del pueblo. Normalmente el uso de las dos plataformas es el de estacionamiento para coches, preocupación que ha llevado al Ayuntamiento al instalar un perfecto sistema de señalizaciones”.

Textos Arquitectura Popular de La Vera (1973) de Rafael Chanes y Ximena Vicente.